Cinco de los siete planetas del Sistema Solar, excluyendo la Tierra, son visibles a simple vista y por tanto conocidos desde la antigüedad: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.

Urano, durante años confundido con una estrella debido a su lentitud y poco brillo, fue descubierto a través del telescopio en 1781 por William Herschel de forma casual. Tras su descubrimiento, cuantos más datos observables se obtenían de su órbita más evidente se hacía que algo la perturbaba y surgió la idea de que un planeta aún más alejado podría ser el causante. En 1846 John C. Adams desde Inglaterra y Urbain Le Verrier en Francia, de forma independiente, realizaron minuciosos cálculos basados en las teorías de Newton para averiguar cual debía ser la órbita del nuevo astro y su posición aproximada. El francés envió los datos a Johann Galle, astrónomo del observatorio de Berlín, quién la misma noche que comenzó la búsqueda halló Neptuno muy cerca del lugar predicho por el matemático. Así pues, el descubrimiento de Neptuno se realizó mediante cálculos matemáticos a partir de leyes físicas y representa un triunfo histórico de la ciencia.

Le Verrier, el hombre que descubrió
un planeta con un lápiz
François Arago

Impulsado por el éxito del descubrimiento, Le Verrier dedicó sus esfuerzos al estudio de la órbita de Mercurio, el planeta más próximo al Sol. Existía un desplazamiento en su perihelio, punto más cercano a la estrella, que nadie podía explicar. Nuevamente debía existir algo que perturbaba su movimiento. Descartando objetos exteriores a su órbita, ya que habrían influido en otros objetos celestes como Venus y la Tierra, especuló la existencia de un planeta entre Mercurio y el Sol al que llamó Vulcano.

Astrónomos aficionados y profesionales de todo el Mundo intentaron durante años dar caza al escurridizo planeta. Detectar un objeto tan cercano al Sol no es sencillo y prácticamente sólo existían dos posibilidades: Los tránsitos y realizar observaciones durante los eclipses solares. El primer método radica en buscar aquellas ocasiones en que el objeto pasa entre el Sol y la Tierra, de tal forma que puede apreciarse un pequeño punto negro desplazándose contra la superficie de la estrella. El segundo método consiste en esperar los poco frecuentes eclipses solares, durante los cuales las inmediaciones del Sol son más visibles. En ningún caso hubo suerte. Con el paso de los años y las mejoras en los métodos de observación pareció claro que no existía ningún otro objeto en las inmediaciones del Sol. Sin embargo, las anomalías en la órbita de Mercurio eran un hecho y el misterio persistía.

A principios del siglo XX, Albert Einstein dio a conocer su teoría de la relatividad, que incluía una relación entre masa y energía a través de la ecuación E=mc2. En la mayoría de los casos el efecto masa de la energía es despreciable, sin embargo en las inmediaciones del Sol su campo gravitatorio es tan enorme que representa una gran cantidad de energía, la cual puede computarse como una masa que produce un efecto gravitatorio secundario adicional y causa en Mercurio las perturbaciones observadas.

Referencias

Rafael Bachiller: Astronomía, de Galileo a la exploración espacial
Isaac Asimov: El planeta que no existió (La edad del futuro)

François Arago fue un conocido astrónomo francés coetáneo de Le Verrier y quién le animó a realizar los cálculos para el descubrimiento de Neptuno.

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